Se cumple hoy un año del fallecimiento de uno de los más grandes futbolistas de la historia, Diego Armando Maradona y mi memoria no puede evitar viajar a maravillosos tiempos pretéritos.

Fui niño en la década de los 70 y principios de la de los 80. Mi padre, Manolo, era recobero y vendía ropa en diversas zonas de la campiña y la sierra sur sevillanas. En cierta ocasión -debió de ser en torno a 1975- trajo para sus clientes unas camisetas blancas, o con el escudo del Sevilla, o con el del Betis. Nos dijo a mis hermanos y a mí que nos quedásemos con una; no sabíamos cuál elegir y le preguntamos de qué equipo era él. Nos contó que no le gustaba mucho el fútbol pero que desde pequeño había simpatizado con el conjunto verdiblanco; no es difícil averiguar qué camisetas elegimos. Es el primer recuerdo personal asociado al balompié que conservo, el único de aquella época.

Y es que el fútbol no fue algo importante en mis primeros años de vida. Supongo que tuvo mucho que ver el hecho de cursar la primera etapa de EGB en un colegio mixto, donde, tanto en los recreos como en las clases de Educación Física, a lo único que jugábamos con un balón, niñas y niños juntos, era al “balontiro” o “matar”. Para la segunda etapa, a muchos compañeros nos trasladaron a otro centro, que hasta ese curso había sido exclusivo de chicos, y claro, casi todos jugaban muy bien al fútbol: eran “peloteros” en toda regla. Cuando entablamos amistad los empecé a acompañar en los partidos del recreo; sin embargo no tocaba bola, y las pocas veces que me llegaba, solía hacerlo de manera bastante desafortunada.

Digamos que todo empezó a cambiar durante la celebración del Mundial de Fútbol en España al inicio del verano de 1982. Vi entonces los primeros encuentros completos por televisión, entre ellos la decepcionante participación de nuestro combinado nacional. Me encantaron jugadores como Platini, Paolo Rossi, Falcao, un ariete polaco llamado Boniek, y sobre todo un jovencísimo Diego Armando Maradona, quien, a pesar de la pronta eliminación de Argentina, dejó una colección de fantásticas jugadas en el triunfo sobre Hungría. En cierto modo, aquel campeonato hizo germinar una bonita afición en mi recién estrenada adolescencia.

El hecho de que Maradona viniese a la liga española fue el factor determinante en mi creciente interés por el fútbol. Cuando la enfermedad y las lesiones se lo permitieron, Diego dejó muestras de su inigualable calidad en cada partido, de impresionantes detalles concretos a grandes y decisivas jugadas; para mí ninguna como el gol de vaselina que anotó ante el Estrella Roja de Belgrado en un partido de la Recopa de Europa. Tras sortear a varios contrarios logró, desde la frontal del área, que la pelota subiera bastante por encima del portero para que éste no pudiese alcanzarla y, al mismo tiempo, bajase con celeridad y se introdujera en la portería. Sus actuaciones en los terrenos de juego ayudaron a que, aunque más tarde que otros niños, me enamorara definitivamente del fútbol. Pasé a practicarlo de manera regular, jugando con mis amigos y mis hermanos -Jesuma, un auténtico mago del balón; Pedro, un killer ante la portería; y Álvaro, que era todavía pequeño, se unió a nuestras pachangas algo más tarde- y no desentonando tanto como lo había hecho con anterioridad.

Inicié esta entrada mencionando a mi padre, y acudo de nuevo a él al cerrarla. A mis hermanos y a mí nos apasionaba escuchar los programas deportivos en la radio de su Land Rover. Fue en él, una noche de verano, cenando en el cortijo “El Caracol” con amigos de la familia, donde nos enteramos del traspaso de Maradona al Nápoles; el acuerdo se acababa de cerrar y confirmar. Debo reconocer que acogí la noticia con tristeza: ya no tendría la oportunidad de disfrutar de su juego con la frecuencia y la cercanía que lo había hecho esas dos últimas temporadas. La magia de la zurda de Diego se mudaba al bullicioso San Paolo; su huella, sin embargo, ya ocupaba un lugar de privilegio en las inolvidables, acaloradas y fraternales tertulias futboleras que durante muchos años acogió nuestra casa; charlas de las que mi madre, Isabel, y mi hermana, Lupe, fueron la mayoría de las veces sufridoras, las menos, participantes invitadas.

2 comentarios

    1. Muchísimas gracias por estas palabras ☺️ Pero de crack, nada; sí mucho aprender de las grandes personas y profesionales, entre ellos tú, con los que tengo la inmensa suerte de compartir mi vida y que me inspiráis a intentar dar lo mejor para aportar mi granito de arena a nuestro proyecto común 🙏🏻

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